Domingo 13 del Tiempo Ordinario – 1 de Julio

“La gloria de Dios es la vida del hombre” dice San Ireneo de Lyon. Esto es lo que contemplamos hoy en el evangelio: vemos a Jesús curando, restaurando la vida; es lo que hace con la Hemorroísa y con la hija de Jairo. Pero la acción de Jesús no se queda sólo en el pasado, cuando él caminaba por el territorio de Israel; también hoy nosotros podemos participar de esa vida que transmite Jesús. Todos tenemos enfermedades o incluso podemos hallarnos muertos caminando por este mundo, todos tenemos nuestros fallos, nuestras pequeñas miserias, nuestros pecados… de hecho parece buen momento para preguntarnos ¿De qué estoy yo enfermo? ¿Qué es aquello que me ata, que me impide una libre? Hoy el evangelio nos invita a acercarnos con la humildad de saber que no podemos todo, que seguimos cayendo en nuestros vicios sin poder quitárnoslos de encima; con esa humildad de la mujer que sabía que por sus flujos de sangre no era bien vista en su época, con la humildad de Jairo, jefe de la sinagoga, dispuesto a pedir ayuda al hijo de un carpintero.

Sólo una cosa más: a veces parece que Dios no nos escucha en la enfermedad, ya sea del alma o del cuerpo, espiritual o física; no vemos frutos inmediatos. Hoy este pasaje del evangelio nos puede dar una clave: la mirada de Jesús. Jesús busca entre el gentío a la mujer y va a la habitación de la hija de Jairo; Jesús quiere ver. Vivamos los momentos de sufrimiento ya sea por cualquier dolencia, ya sea por no poder luchar contra nuestras propias miserias, nuestros rincones oscuros, sabiendo que aunque Dios parece quieto y no soluciona nuestros problemas hace algo de lo que tenemos certeza: nos mira y nos mira con amor. Esta mirada de amor será la que poco a poco nos vaya dando fuerzas para afrontar el dolor, para ir cambiando poco a poco nuestra muerte en vida.

Rafa Sánchez, Seminarista de Ávila

 

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Domingo undécimo del Tiempo Ordinario 17 de Junio 2018

Lectura orante del Evangelio: Marcos 4,26-34

“La palabra de Dios hace crecer, da vida” (Papa Francisco).

El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. ¡Qué maravilla esta acogida tan agradecida de nuestra tierra! ¡Qué bien dicen estas parábolas lo que es la vida! Semilla y tierra, abrazándose en la hondura; propio conocimiento y grandeza de Dios, mirándose de cerca; Dios y hombre, caminando juntos; y el Reino abriéndose paso en la historia. Aunque el mal mete mucho ruido, nuestro gozo está en sembrar semillas de Evangelio con realismo, con paciencia y con una confianza grande. Un misterio de amor lo penetra todo. Espíritu, tú nos regala lo esencial; ahí está la esperanza de un futuro mejor.

La semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. ¡Jesús, sembrando en nosotros la semilla del amor!: eso es orar. ¡Nosotros, sembrando el proyecto de Dios en el ser humano!: esa es nuestra tarea misionera. Sin saber cómo, porque el Reino no tiene nuestra lógica, la presencia de Jesús va creciéndonos por dentro. No son nuestras fuerzas, sino la fuerza de Jesús la que va haciendo germinar secretamente la semilla en el corazón de las personas. El Espíritu es el protagonista silencioso de este crecimiento. A nosotros nos toca sembrar, que no es resignación, sino esperar con serenidad. Sembrar en la mejor manera de mostrar que somos amigos de la vida. Ven, Espíritu Santo. Acrecienta en nuestro corazón el amor a Jesús.

La tierra va produciendo la cosecha ella sola. No sospechábamos que nuestra tierra tuviera dentro tanta belleza sembrada. Nuestra tendencia a juzgar deja paso al asombro. El silencio, habitado por una sementera fecunda, rompe a cantar. La tierra reseca se llena de flores; la esperanza, reprimida por la angustia, se levanta y camina. Surge la alegría. Todo lleva el sello de Dios, que está muy dentro de lo que vivimos, de lo que hablamos, de lo que pensamos, de lo que nos emociona, de lo que nos entristece. Lo que nos hace preciosos es el amor que Jesús siembra en nuestra tierra. Es hora de reflejar en la vida lo que estaba escondido, y fecundo, en el corazón. Jesús, todo lo tuyo es pura gratuidad. Nos brota el asombro.

¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? Con un grano de mostaza. Dios, hecho a nuestra medida, regalándonos infinidad de guiños amorosos en el día a día.  El Reino de Dios hablando nuestro lenguaje, encarnado en nuestra carne. ¡Qué fuerza tiene Dios en lo pequeño! El arte de vivir está en abrirse a Dios, dejar que él sea y haga su obra en nosotros. El Reino es sembrar algo muy pequeño en el corazón, es buscar caminos nuevos con la humildad y confianza de Jesús. Hágase en mí, tu palabra, Señor. Hágase.

Es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas. Cuando la casa está sosegada, en el más profundo centro, Dios es amigo de dar. Su presencia en los adentros hace que estalle la vida en nosotros. Y sobreabunda su amor, cuando menos lo merecemos, porque es cuando más lo necesitamos. Todo es gracia. El fruto desborda las expectativas de lo sembrado. Podemos contar y cantar la historia de otra manera, con la música de las bienaventuranzas. Jesús, tú entras y llenas nuestra casa de alegría. Gracias,

¡Feliz domingo! – CIPE – junio 2018

Domingo de Pentecostés, 20 de Mayo

Los discípulos estaban encerrados en una habitación, llenos de miedo. De repente aparece Jesús resucitado en medio de ellos, no es ningún intruso y se les presenta con un “Paz a vosotros”. Ellos se llenan de alegría y Él sopló su aliento sobre los apóstoles y recibieron el Espíritu Santo. Dios está cerca de cada uno de nosotros, y como con los discípulos de Cristo, el Espíritu Santo inunda nuestro ser.
María Palomino

Domingo de Resurrección, 1 de Abril

En el evangelio de hoy, aparece como primer personaje María la Magdalena, de quien debo tomar ejemplo: ella acudió al Señor en cuanto tuvo la oportunidad. No lo dejó para después, pues entendía que las cosas del Señor son las más importantes; puede que nos cuesten más, pero son las que nos hacen seguir caminando.

Ella descubre que no está donde le busca y acude a donde estaban Simón Pedro y el otro apóstol, para ponerse en su búsqueda. Estos dos fueron al sepulcro para comprobar que era cierto. «Ver para creer», es lo que nos dice Jesús que no hay que hacer, hay que tener FE.

Cuando entró Simón Pedro vio que las cosas en el sepulcro estaban desordenadas y Jesús no estaba, y es que Dios llega y, aunque no se le vea, nos cambia totalmente de lugar, nuestro punto de vista de la vida, pero siempre respetando nuestros deseos: “No te olvidas de ninguno de mis sueños, y a tu lado se hacen todos realidad”; nos cambia, pero no nos quita, es más, nos da lo que necesitamos.

El evangelio termina diciendo: «Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos», pidamos para que seamos capaces de entender la Escritura y darnos cuenta de que Él lo ha hecho todo por AMOR y sepamos transmitirlo a quienes nos rodean.

Emilio Blázquez, Ávila

Domingo 5º de Cuaresma, 18 de Marzo

El Evangelio de este domingo es muy especial, Jesús acepta el destino del Padre, glorificándolo hasta la muerte y una muerte de Cruz.
Pero lo que nos transmite el Evangelio al hablarnos de la semilla de trigo, es nuestra propia Fe. Si la semilla no cae en tierra buena y muere, no dará nunca fruto. Al igual que la palabra de Dios cuando la escuchamos sino la hacemos vida, es como si cayese en zarza o entre piedras.
La Fe es el regalo más hermoso que podemos tener, y cuando Dios nos toca el corazón a cada uno de nosotros tenemos que responder Sí! Tenemos que guardar en nuestro corazón esa intimidad con el Señor y llevarla cada uno de nosotros a nuestra vida diaria, alegrarnos del regalo que tenemos y proclamarlo a los demás.
Iván Samaniego, Madrid