Domingo Segundo de Cuaresma, 25 de Febrero

Mc 9, 2-10: Éste es mi Hijo amado.

 Jesús ya anuncia que el Hijo de Dios va a resucitar, que él va a resucitar. Se lo dice a tres de sus discípulos: Pedro, Santiago y Juan. Pero ellos no entienden lo que el maestro ha querido decir con esas palabras tan enigmáticas: resucitar de entre los muertos. No esperan que Jesús vaya a morir y al tercer día resucitar de entre los muertos.

Esta parte del evangelio trata de la transfiguración de Jesucristo. ¿Y exactamente que es la transfiguración? Jesús empieza de pronto a brillar con voluminosos rayos de luz y una voz desde el cielo clama “Éste es mi Hijo amado, escuchadle”. Esta escena tan peculiar es la manifestación plena de que Jesús es el Hijo de Dios. Jesús es presentado al mundo por su Padre.

El Señor lleva consigo a los tres apóstoles que más le demostraban su amor y su fidelidad. Les invita a orar con él. Durante la oración se produce este maravilloso momento de la transfiguración; pero Jesús no está solo, le acompañan dos representantes de la ley y de los profetas, Moisés y Elías. Para los discípulos era un momento de felicidad debido a lo que sus ojos estaban contemplando, era un pequeño regalo de Dios en el que les enseñaba la gloria de la Vida Eterna. Ellos sin saberlo experimentaron lo que es el Cielo.

Con todo esto, Jesús nos transmite que a través de la oración, uno está siempre en comunicación con Dios. Nos hace ver que no estamos solos. También nos muestra la felicidad de la Vida Eterna tal como sus discípulos Pedro, Santiago y Juan la experimentaron.

Jorge Carretero

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Domingo III del Tiempo Ordinario, 21 de Enero

Estos primeros domingos del Tiempo Ordinario tienen sabor a inicio, a comienzo. Nos suelen ilusionar las nuevas empresas, las nuevas etapas de nuestra vida. Nos gusta estrenar y todavía estamos en el estreno del nuevo año 2018. Pero todos sabemos, de igual manera, que el año, la vida y, en definitiva, que todo lo importante se parece más a una carrera de fondo que a un sprint. Por ello debemos poner bien las bases en el comienzo, estableciendo con precisión el “principio y fundamento” de nuestra vida.

 El Señor no quiere que nosotros demos un toque o un tinte cristiano a nuestra vida: “crisitianitos de salón” los encontramos por todas partes; el Señor quiere convertir nuestro corazón, tomar nuestra vida como un calcetín y darle la vuelta. El perder la vida para ganarla o el tomar el camino estrecho para salvar el alma no son imágenes sugerentes para encoger nuestro corazón; es la promesa del Señor de devolvernos todo lo que le entregamos de una manera nueva, transfigurada; el Señor no quita nada, ¡te lo da todo! La invitación de san Pablo a vivir como si no poseyéramos o la del mismo Jesús a dejar nuestras redes son una invitación para que vivamos sólo de su amor.

 Nos conmueve el relato de la vocación de las dos parejas de hermanos cada vez que la leemos. Es el icono de toda llamada del Señor a dejar nuestra vida cotidiana por Él. Es la invitación a tomar decisiones arriesgadas por su amor, de entregar la vida sin condiciones a quien sabemos que nos guía con firmeza. No es tiempo para “balconear” nuestra vida, sino para meternos en ella sin miedo. Nunca estaremos solos. ¡Qué bonito es saber que somos llamados en Comunidad! Nunca faltarán hermanos a nuestro lado que compartan la experiencia de dejar todo por el Señor.

Solemnidad del Bautismo del Señor, 7 de Enero

Jesús ha nacido, crecido y hecho grande, y comienza un nuevo camino.
El bautismo a Jesús le supuso un encuentro con su llamada, con su vocación; como de igual modo tiene que serlo para nosotros. No nos podemos bautizar todos los días pero sí podemos abrir los brazos todos en todo momento para acoger aquello que Dios quiera hacer de nuestras vidas. Sólo abriendo el corazón y dando lugar a que Él nos transforme, podremos descubrir cuál es realmente nuestro camino, para entonces así, seguirle y encontrarnos en su presencia.
Igual que Jesús ya hemos nacido y crecido… ¡emprendámos pues ese camino con ilusión y alegría!
Iñaki de Navasucués

IV Domingo de Adviento, 24 de Diciembre

«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» con estas palabras saludaba el arcángel Gabriel a la Virgen María, dando inicio así a un diálogo de amor entre Dios y la mas hermosa de sus criaturas, la Madre de su Hijo. Con estas mismas palabras nos disponemos también nosotros a celebrar este ultimo domingo de Adviento, pues este año la Navidad llega de inmediato.

En la primera lectura el rey David quería construir una casa para el Señor, algo que a primera vista puede parecer razonable; pero David se encuentra con la negativa de Dios. ¿Qué sucede, por qué rechaza Dios la construcción de su Templo? Lo que sucede es que Dios conoce bien a David, sabe que su verdadera intención no es tan inocente; él vive en una casa de cedro, y Dios no tiene un Templo digno, por tanto, lo que pretende es justificar su vida palaciega y limpiar bien su imagen. Esto contrasta claramente con la lectura de la carta a los Romanos, donde Pablo centraliza toda la gloria y la alabanza en la persona de Cristo, revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora, dado a conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones. Esto mismo es lo que contemplaremos en el misterio de la Encarnación proclamado en el evangelio: María, a diferencia de David, es humilde ante Dios, se siente su servidora, y lo que ha hecho ha sido preparar una morada interior al Hijo de Dios por medio de su obediencia y la meditación de la Escritura; como decía s. Agustín “tras aquellas palabras del ángel, ella, llena de fe y habiendo concebido a Cristo antes en su mente que en su seno, dijo: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

            Prestemos atención ahora a tres expresiones que tejen de una manera especial el evangelio de hoy: “alégrate”, “no temas” y “hágase en mí según tu palabra”. La primera de ellas es ya una liberación, pues nos exhorta a vivir con alegría; somos portadores de una buena noticia, y eso debe ser como un faro luminoso que alumbre el sendero triste de aquellos que viven sin esperanza. María después de recibir el anuncio del Angel fue inmediatamente a ayudar a su prima Isabel, y nosotros estamos llamados también a ayudar y consolar a los demás gracias a esta noticia. La segunda expresión, “no temas”, es verdaderamente una provocación al mundo de hoy, encadenado por el miedo a la muerte, al sufrimiento, a la pobreza, a no dar la talla; María recibe el consuelo de Dios, el cual le asegura que, aunque lleve a su Hijo en el vientre, será Él quien la lleve para que su pie no tropiece en la piedra. Y la última expresión es precisamente la consecuencia de ser dócil a Dios: el que se alegra de estar en las manos del Padre no tiene miedo, vive su “si” a esta voluntad con libertad. El “si” de María resume toda su existencia porque es el “si” del hombre a Dios, el “si” a vivir con alegría entregados a él cantando eternamente su misericordia.

Ante esta Palabra de hoy hemos de interrogarnos; llega el adviento y programamos todo para la navidad, pero ¿preparamos verdaderamente nuestro corazón para acoger al Niño que va a nacer? Antes de dar a luz, una madre y el ambiente que la rodea preparan todo minuciosamente porque llega una nueva vida al hogar; también la Iglesia como Madre quiere involucrarnos y motivarnos durante el Adviento, porque quien llega es la auténtica Vida del mundo. En la televisión, en los escaparates, por las calles todo nos habla cada vez con más antelación de la Navidad, pero lo hace de una manera equivocada, dirigiendo nuestra mirada al consumismo desenfrenado y a un emotivismo vacío. Nosotros los cristianos ¿Qué hacemos ante esto? ¿estamos siendo de verdad como aquellos pastores que corrieron a ver al Mesías sin miedos y con diligencia? ¿o mas bien somos como David, tan pendientes de lo externo que olvidamos quien es el que da sentido a lo que vivimos? Sino acogemos al Niño Dios que esta llegando, nada servirá, las luces solo acentuaran la oscuridad en la que vivimos, el árbol de navidad se marchitará por falta de raíces, los regalos se quedaran sin abrir, la mesa llena, pero sin invitados. El camino cristiano para preparar la Navidad es mediante la oración, la calma, el silencio, al igual que hizo María; y lo que podemos ofrecer al Señor es lo mismo que ella entregó, nuestro cuerpo, nuestra vida, nuestro ser, puesto que esa es su verdadera morada, es obra de sus manos. Que la Virgen Madre nos enseñe a decir “si” a la gracia salvadora de su Hijo.

Domingo Tercero de Adviento, 17 de Diciembre

El Evangelio del tercer domingo de Adviento nos introduce de lleno en la Navidad. Esta segunda etapa del adviento adquiere un carácter mucho más mesiánico: “el Salvador está cerca”. Juan Bautista, en este pasaje, nos señala el sentido de esta festividad, la venida del Emmanuel. Apunta directamente hacia él, nos quiere demostrar quién es.

El relato comienza con una introducción explicando quién es Juan. Así dice que «no era él la luz, sino testigo de la luz». Ésta es la idea fundamental que se nos quiere transmitir, y que aparece como llamada a cada uno de nosotros. En nuestra vida, absorbida muchas veces por el transcurso del tiempo, por el correr de las actividades cotidianas, no solemos ser conscientes de esto. Estamos llamados a ser «testigos de la luz», testigos de la vida que da Cristo, del amor que hemos experimentado. Pero este ser testigos no puede ser fruto de una imposición, ¡yo no puedo obligar a un chico a que se enamore de una chica! A mí no me ha pasado así. Sino que este ser testigo de la luz que ilumina mi vida nace por un amor, nace por sentirme enamorado. Esto lo entendemos todos. Cuando uno está enamorado sólo le sale hablar de ella; todo lo que ve, todo lo que vive, todo lo que le rodea,  le habla de ella. Así es entonces el testimonio de alguien que está enamorado de Cristo. Su vida es iluminada por este amor, por esta mirada llena de ternura que te abraza. Por eso no lo vive como algo que “tengo que hacer”, como una obligación, sino como un regalo, como una oportunidad más para poder corresponder a ese amor que lo único que quiere es que sea feliz.

Juan Bautista, además de ser un ejemplo de seguimiento de Jesús por su humildad («no soy digno de desatarle la correa de las sandalias») nos apremia a vivir de esta manera. Él, recogiendo las palabras del profeta Isaías, nos dice: «allanad el camino del Señor». ¿Qué quiere decir esto? Que preparemos el camino para el Señor que viene, que allanemos el camino de las piedras y los obstáculos que haya, que preparemos nuestra vida para poder acoger a Dios. Porque si no nos preparamos nos podemos perder esta vida nueva que Él nos regala.

Juan de Dios Prito, Seminarista de Granada